Cuando un amigo se va

Jorge Luis González Suárez

Plaza, La Habana, Jorge Luis González, (PD) Cuando el teléfono timbró, eran las 3.55 am del 21 de junio de 2017. Una voz conocida llegó con la infausta noticia: “Fabio hizo un paro cardiaco y acaba de morir”. Faltaban menos de 24 horas para que cumpliera 71 años.

Rogelio Fabio Hurtado Rodríguez, fue para mí algo más que un amigo; yo diría que casi un hermano. Mantuvimos una relación ininterrumpida por más de 40 años. Esta sensible pérdida para muchos, llega a mi persona como una gran tragedia.

Fabio fue un producto típico de su época. En los inicios de la Revolución se integró a las FAR. Estuvo destacado en la famosa base de cohetes rusos en San Julián, Pinar del Río. Se desencantó del curso tomado por el régimen y solicitó la baja de la vida militar. Más adelante fue maestro de literatura, en la enseñanza obrero-campesina para los trabajadores del Puerto de La Habana.

Lo conocí a finales de la década de los 60, en las colas que hacíamos en las librerías, para adquirir los fabulosos títulos que se vendían en ese tiempo, la época de oro de las publicaciones en Cuba luego del triunfo de la Revolución.

Coincidíamos en tertulias informales frente al pequeño parque de la Funeraria Rivero, en El Vedado, donde se aglutinaron jóvenes con afinidades artísticas muy variadas. Entre ellos estaba Reinaldo Arenas. La mayoría de ellos emigraron o han muerto.

Comenzamos después a reunirnos en casa de otro entrañable amigo, el gran conversador Bernardo Trujillo. Se integraron también Jorge Iglesias, Jorge Domingo Cuadriello, el periodista Jesús Suárez, notable por sus conocimientos de ajedrez e idiomas y otros invitados ocasionales. Estos encuentros se mantuvieron, hasta que el fraterno Trujillo emigró en los años 90 hacia los Estados Unidos.

Su primer contacto importante con la prensa independiente lo realizó junto a Indamiro Restano. Aquí comenzó el hostigamiento por parte de la Seguridad del Estado. Fue entrevistado en varias oportunidades por miembros de este cuerpo represivo, la última vez hace unos meses, pero nunca fue retenido más de algunas horas. Hoy, estos oficiales deben estar de plácemes por su desaparición física. Uno menos, pensarán.

Logró integrarse a la revista eclesial “Espacio”, donde formó parte del consejo de redacción, en lo cual trabajó con gran entusiasmo. Al desaparecer esta publicación, por disposición del cardenal Jaime Ortega, quedó sin vínculo laboral una vez más.

Negado a trabajar para el Estado, se dedicó a la venta de flores, aunque carecía de licencia para esta labor. En más de una oportunidad tuvo que pagar alguna multa y sufrió el decomiso de su mercancía, la que obtenía en pequeñas fincas cercanas al Café Colón, próximas a Santa Amalia, donde residía.

Primavera Digital fue su siguiente paso vinculado a la oposición y la libertad de expresión. Su amplia colaboración en este medio, con artículos enjundiosos y bien escritos, se mantuvo hasta que sus fuerzas físicas lo abandonaron a principios de este año.

Una muestra de su capacidad creativa lo constituye su sección “Radio Bemba”, en la cual plasmaba breves comentarios, con noticias del acontecer cotidiano en la Cuba socialista. La ingeniosidad y gracia al reseñar los acontecimientos cotidianos los hacen inigualables.

Sus colaboraciones para el periodismo independiente se extendieron a otros medios, como Diario de Cuba, Cubanet, Encuentro de la Cultura Cubana, Linden Lane, APLP, El Gran Blondin y para el desaparecido tabloide Catálogo de Letras, entre otras publicaciones.

Su obra, editada dentro y fuera del país, cuenta con tres títulos de poesía, un libro sobre la historia de los Hermanos de San Juan de Dios en Cuba, además de los abundantes artículos y crónicas de carácter socio-político, algunos inéditos. Por varios de estos trabajos recibió premios en los medios independientes.

Fabio vivió sus últimos 15 años en un diminuto apartamento en Marianao, con precarias condiciones económicas y ambientales de existencia. Escribía en una vieja computadora con solamente 40 gb de disco duro, lo que demuestra su precariedad de medios necesarios para su labor.

Las limitaciones de salud (diabetes, glaucoma, cataratas, problemas respiratorios, de locomoción, gástricos y anemia), minaron sus fuerzas físicas de forma extrema. A pesar de ello, tenía que atender a su esposa, con una pierna amputada, y un lado del cuerpo paralizado producto de una isquemia.

La noche del pasado 14 de abril ayudé a su traslado para el hospital Joaquín Albarrán, cercano a la Ciudad Deportiva. Allí empeoró paulatinamente por una grave bronco-neumonía bacteriana. A pesar de la aplicación de varios antibióticos y otros recursos, su depauperado cuerpo no resistió y se produjo el fatal desenlace, después de 67 días de lucha con la muerte.

En estos instantes me viene a la mente un fragmento de la canción de Alberto Cortez que dice: “…Cuando un amigo se va / deja un espacio vacío / que no lo puede llenar / la llegada de otro amigo…”

Fabio deja un vacío en mí como el fraternal amigo, el consejero intelectual que fue, quien con su voz pausada, me preparó para este oficio.

Producto de mi fe en Dios, ante su tumba, expresé mi esperanza de que allá en el otro mundo, nos encontremos un día, para seguir aprendiendo más de él.
¡Hasta pronto, querido amigo!
librero70@nauta.cu; Jorge Luis González Suárez
Tomado de: http://www.cubanet.org

 

 

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